Emotivo discurso del profesor Eduardo Chervo en conmemoración a los 147° años de la localidad.

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El profesor Eduardo Chervo compartió una emotiva reseña histórica en conmemoración a la fecha, la cual no tiene desperdicio.

A continuación, compartimos su discurso:

El lugar

Creo que el mundo no es tan grande como el lugar en donde uno vive, solamente hay que saber sentir.

Acá hay pasos guaraníticos que siguen sondando su danza, hay conocimientos jesuíticos que siguen marcando su latido y alguna peregrinación hizo pulso en la vera del río Mocoretá. No olvidemos que estas tierras tienen el ADN de la administración Sanmartiniana. Sabrá el destino el galopar que consoló estos lares.

Podemos nombrarlo a Urquiza, a Dolores, a los Sáenz Valientes, el Ferrocarril Argentino del Este, el Saladero o el Consejo Agrario Nacional… podemos nombrar tantas cosas y personas, pero nada es tan grande como lo que uno siente.

No se puede dudar, que alguna camada de colonos hizo patriada con poco y nada: unos bueyes y un puñado de semillas de maíz, maní, lino y tártago; que lo acompañaron con el muñato hervido y la polenta como el pan de todos los días y al terminar el jornal, los viñedos regaron las gargantas del cansancio hermano. 

Después las chacras se multiplicaron y un día las manos de los abuelos injertaron y maduraron los cítricos. Las instituciones y los almacenes de ramos generales comenzaron a darle formas a las calles.

Viajaremos en el tiempo y las escuelas primarias nos devolverán el inconfundible sonido de su campana/timbre… Las maestras, desde doña Rogelia Sanches hacia acá, están en cada palabra que escribimos.

El tiempo nos acaricia de diferentes maneras, por eso algunos esperarán ansiosos la llegada del cochemotor para pasear, o una película en el cine Bayón para que se puedan encontrar los enamorados. Otros le invadirá como un silbido poético el acordeón de un chamamé en un añejo Coembotá… y a otros, en el tiempo más acá, la piel se erizará en el frío húmedo de septiembre, por las personas que se abarrotan en la Pedro Pablo esperando el desfile de carrosas con estudiantes olor a engrudo y primavera.

Siempre una radio encendida a la hora de los telegramas, ATC y hasta con un poco de suerte, pero sobre todo altura, canal Bella Unión.

De pronto el hípico se hizo barrio, plaza, y escuela después. Los de “allá arriba” ya no eran de otro lugar.

El ripio le da lugar al pavimento, aparecen algunas construcciones verticales, el camping cambia de nombre, pero su paisaje es y esperemos que siga siendo el mismo, de los atardeceres donde el sol se acuesta en su frente.

Nunca paraste de crecer, y aunque los arroyos se tapan para construir, y el campo lentamente empieza a quedar cada vez más lejos, seguís teniendo el instinto de siempre: la siesta es inmortal, aún nos conocemos y si no es a vos, es a tus padres o tus abuelos. No nos puede faltar el chisme, los dichos, los cuentos… todo eso es nuestro.

Desaparecieron casi todas las canchitas de futbol como le decíamos, pero los clubes nos siguen dando palpitaciones con cada partido.

Los mismos bares de siempre, lo de siempre con los de siempre, pero no quiero que cambie nada, ellos también son este mundo.

Al final con nuestros recuerdos podremos discernir, discutir, amar y hasta inclusive odiar; pero no se puede desobedecer a nuestros orígenes, no podemos escaparnos, somo parte de este suelo, porque llevamos en la piel el paisaje del río Uruguay, arenales y piedras… y el sol tiñéndonos de esperanza.

Año tras año los canafistos y aromitos florecidos, unos se lleva el verano y otros el invierno. El canto de un pitogüé mañanero y un camión que madruga su ronquido, rumbo a algún campo.

Mandarinas dulces en el tibio sol de invierno. Llanura, ríos, lluvia y aroma a tierra mojada. El verde, naranja y celeste unen la tierra con el cielo. Un bravo sol en enero y blanco áspero en agosto.

Para mediados de abril hay algarabía, desfile y música. Debe ser tu cumpleaños. No me preguntes dónde vivo… solo sentí lo que siento.

 

 

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